Con la radio pegada a la oreja. Así recuerdo que veía a muchos señores pasenado por la calle Alcalá con sus esposas agarradas del brazo. Yo no tenía más de 5 años y tampoco tenía claro el concepto del balón.
La radio bien cerquita de la cara, el volumen lo suficientemente alto para que yo pasase a su lado y escuchara a García cantar el paradón de Ablanedo en Las Gaunas. El séptimo día Dios descansó y dejó al domingo vacío. El hombre decidió tapar el hueco con el fútbol.
Hoy en día no hemos cambiado mucho. Alomejor, los auriculares han sustituido al transistor y han dado más privacidad a los sentimientos en mitad de la calle. Pero la esencia sigue viva.
A estas alturas queda poco para que acabe la Liga y la radio es la única que acerca el fútbol a todos los rincones de España. No sólo los vaivenes del Madrid y el Barcelona son líderes de audiencia. Los descensos a Segunda, los ascensos a Primera y las dramáticas situaciones que se viven en todas las categorías del fútbol no profesional. Eso también es fútbol y eso también lo acerca la radio.
La única que está por encima de guerras mediáticas, del PPV y de los abusos de las taquillas es la radio. Ya lo vivímos cuando Dertycia le marcaba a Buyo y convertía a Tenerife en el mejor feudo catalán, o cuando Hasselbaink fallaba el penati en Oviedo y mandaba al Atlético a Segunda o la temporada pasada cuando Tamudo y Van Nistelrooy marcaron al alimón y la Liga se quedaba en La Cibéles.
Son momentos que sólo puede dar la radio y que permanecen en la memoria de todos por mucho tiempo, el suficiente como para que lleguen otros momentos mejores y sustituyan a esos. Son tardes de transistor.
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