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Llega la fiesta del fútbol, la Copa del Rey. El partido donde las aficiones disfrutan hermanadas de ese opio del pueblo que aquí llamamos fútbol. Despierten. Dejénme decirles que la fiesta no será completa. Mañana es miércoles, 16 de abril y el partido empieza a las diez de la noche. Tres ingredientes poco adecuados para una final. Entre semana, con nocturnidad y, casi con alevosía. Les ha faltado no vender entradas.
Al margen de los tiros que nos pegamos en los pies, me gusta que lleguen el Valencia y el Getafe a la final. Les hace falta a los dos ganar el trofeo. Al Valencia porque si gana podrá seguir recordando el partido de ésta noche mientras viaja a Ipurúa, a Castalia o al Heliodoro Rodríguez López. Sí, sí, no me miren así. Los números son los que son y al Valencia le queda por vérselas contra el Barcelona, Zaragoza o Atlético de Madrid a tres puntos del descenso.
Lo del Getafe también me gusta. Cansados de perder y curtidos por un gol italiano de un equipo alemán, el colmo de los colmos, querrán estrenar sus vitrinas. Les hace falta ganar algo para recordar unos años dorados que no se sabe cuándo volverán.
La RFEF, la Liga y los clubes han ido minando el trofeo en cada edición pero no se lo han cargado del todo. Éste año, menos mal, no hemos demostrado a media Europa que no sabemos organizar nuestra propia Copa, eso ya lo hicimos. Hemos decidido que tocaba hacer el ridículo con las retransmisiones, pero eso no viene al caso. Dentro de dos años el campeón jugará en Champions, o eso dice Platini. Entonces veremos otro fútbol. Una organización decente, con eliminatorias a un partido y con opciones para los pequeños. Los clubes se lo tomarán en serio y la alineaciones no faltarán el respeto del aficionado.
Para eso todavía queda. Mañana, disfrutemos de lo que nos dejan de la final. Los equipos prometen y su fútbol también. El toque, el gol, las contras, los porteros, los banquillos... ¿de quién? Pónganle ustedes el color.
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